Domingo 23 de mayo de 2027, elecciones municipales.
Entramos en una fase conocida en muchos ayuntamientos: la antesala de un ciclo electoral en el que comienzan a activarse proyectos, anuncios y actuaciones con un objetivo claro: llegar a la ciudadanía.
Hasta aquí, nada cuestionable. La acción pública debe ser visible. El problema aparece cuando esa lógica se traslada al urbanismo sin el soporte técnico, económico y temporal necesario.
Porque entonces ocurre algo que todos reconocemos en la práctica municipal: se empiezan muchas cosas… pero no se termina ninguna.
Gobernar el territorio no consiste en inaugurar procesos, sino en culminarlos
Con recursos limitados, los ayuntamientos dispersan esfuerzos en múltiples actuaciones. Se licitan obras con presupuestos ajustados al límite, se aceleran proyectos sin maduración suficiente y se fuerzan plazos que no responden a la realidad administrativa. El resultado no es más ciudad. Es más ruido.
Ese “urbanismo de inicio” genera una imagen inmediata, pero tiene un coste oculto elevado: expedientes incompletos, modificaciones sobre la marcha, obras que se paralizan o se dilatan y, en última instancia, una sensación de ineficiencia que termina volviéndose contra la propia administración.
Desde el punto de vista técnico, el problema es claro: el urbanismo no funciona bien bajo lógica de urgencia política. Necesita planificación, continuidad y, sobre todo, coherencia en la asignación de recursos.
La diferencia no está en cuántos proyectos se anuncian… sino en cuántos llegan realmente a buen término
Aquí es donde el papel del arquitecto municipal, como técnico cualificado puede llegar a ser determinante... si se le escucha. No para frenar la acción, sino para ordenarla. Para priorizar lo que es viable frente a lo que es simplemente visible. Para garantizar que lo que se inicia tiene recorrido hasta su finalización.
Porque gobernar el territorio no consiste en inaugurar procesos, sino en culminarlos.
En este contexto, quizá la decisión más valiente, y más eficaz electoralmente a medio plazo, no sea empezar más, sino terminar mejor. Concentrar recursos en actuaciones que puedan ejecutarse completamente, que generen impacto real y que refuercen la confianza del ciudadano.
El urbanismo no debería ser un escaparate de intenciones, sino una herramienta de transformación tangible.
Y en eso, como sabemos bien en la administración, la diferencia no está en cuántos proyectos se anuncian… sino en cuántos llegan realmente a buen término.
Rafael González Millán. Presidente de la UAAAP/CSCAE





